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¡¡Teruel Existe¡¡. Como dice el lema que surgió espontáneamente haya sobre el año 99 del siglo pasado,  ayer  me propuse  curiosear un poquito dentro de sus entrañan de provincia camaleónica, ladrona de sentimientos según recorres sus kilómetros con ojos abiertos, y ves sus tierras al amanecer como cambian de piel cual lagarto errante. Me enamore hace muchísimos años de su respirar pausado y colores rojizos en sus casas, Teruel  provincia, es una de las grandes desconocidas de este país, junto a la Extrema y dura, y alguna provincia más del interior patrio, pero creo que eso no es malo, al contrario, a menos masificación menos desgaste, y más disfrutamos algunos de esos pueblos que parecen que están suspendidos como la llama de un candil en la vorágine del tiempo, los  siglos parecen pasar lenta y pausadamente a su palpitar, y para llegar a sus corazones, carreteras abandonadas y olvidadas que  tradicionalmente han sido ruta terrestre de comunicación directa entre los pueblos de alrededores, de amantes y pajares, de nacimientos y vidas que se fueron, de fiesta y también de rencillas que se solucionaban con unos chatos de vino y cantes de jotas en la cantina, hoy  disfrutamos estas tierras aquellos que queremos acariciar esa piel camaleónica que antes os decía, modus operandis de lugareños hoy escondidos como conejos por culpa de un virus que mete miedo, que se oye, se siente, hasta casi se huele, pero que no se ve, las calles parecen en un letargo invernal con sillas y mesas de bares amontonadas, las plazas mudas de risas y juegos, pero eso tampoco es noticia hace muchos años ya, si no es el maldito vicho, es la odiosa despoblación de nuestros pequeños pueblos, no hay ruidos, o tal vez si los hay, el de esos silencios que son mudos "quejios" de árboles que te guían a la entrada; ¡por silencios¡, hasta el rio esta mudo de agua, solo, sin vida, sin lagrimas de manantial que apenas le preste unas gotas para poder subsistir al paso del cruel y desalmado tiempo, los espantapájaros con sombreros de paja  ya no están en los sembraos por que emigraron con el bonachón jornalero que leía  estrellas, sol y luna. Todo está abandonado. Muerto en vida.
Los pueblos en mi caminar aparecen y desaparecen como si de un mar en montaña fuere, todos tienen algo en común en esta provincia de silencios y tambores, la cantidad de cruces de término, denominadas peirones en Aragón, son pilares o monolitos construidos en piedra, y la otra son sus torres elaboradas con el arte mudéjar, muchas de ellas también con silencios  arropados en el duro purgatorio  del olvidado desconsuelo.
Y sigo volando a ras de suelo, con los sentidos puestos y ojos abiertos, por que  los olores se perciben mejor con los ojos abiertos, el alma se impregna con suspiros y ellos hacen que mi corazón guarde los reflejos que mi rostro enseña.
Mientras, el día pasa implacable  e inexorablemente hacia su ocaso, yo sigo amando cada día más el ruido entre mares de montañas verdes, entre curvas enfurecidas como mar embravecido, mi querida vespa navega segura con vela y viento de popa  rumbo a nuestro puerto donde atracaremos con salitre turolense, amarare las maromas con los recuerdos de un día como hoy despues de 716 kilometros terrestres, genial e inigualable como cada día que salgo a navegar, como cada día que salgo a vivir.
En casa sin novedad.
Ser felices.
Manuel Martin (MAMU_56)

 

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